Cuando ví sus ojos por primera vez , creí que se trataba de un implante de zafiros , aquellos destellos no podían tener rastro biológico . Sentí el mismo entusiasmo que puede sentir una astrónoma ante el descubrimiento de un nuevo planeta . Pero esto solo era el principio , labelleza de aquellos ojos solo representaba la vanguardia de lo que atesoraba en su interior .
Como un sediento contemplando un oasis , no podía resistirme al embrujo que ejercía sobre mí y que subyugaba todos mis sentidos . Cuando parpadeaba una podía sentir como su vida se ensombrecía por momentos , como un simple gesto podía eclipsar toda la belleza que La Naturaleza raras veces nos dispensaba en tiempos tan convulsos. Eran tan cristalinos como las paradisiacas aguas de Bora Bora y de solo pensar que aquellos ojos pudieran derramar una sola lágrima se te podía encoger el corazón . Consolaban más que un abrazo , te guiaban o te rescataban más que un fornido abrazo , era sencillamente algo extracorpóreo solo les faltaba la cualidad de hacer levitar , aunque a la larga podía pensarse que también era posible . Solo pensar que aquellos ojos podrían extinguir su brillo alguna vez podían sumirte en un pesar tan hondo como indescriptible . Por ello eran tan sublimes como peligrosos . Un arma de doble filo que podía hacerte danzar en una noria de sentimientos infinitos y electrizantes .
Sara Watson
lunes, 31 de enero de 2011
Observación para ulterior disección.
Soy una mujer verdadera que siempre digo lo que pienso porque fui concebida con amor en estado puro. ¿Qué significa esto almas cándidas? Pues muy sencillo, que mi vida nunca será un camino de rosas, pero en cierto modo, creo que es la única forma de vivir. Y podéis tener la tentación de pensar que ello no me hace especial. Supongo, desde aquí que tendréis el descaro de pensar que vuestra conducta no tiene mácula pero es precisamente este razonamiento lo que os hace diferentes. No reconocéis quiénes sóis. Pues, la imagen que refleja el espejo es cómo para echarse a correr. No penséis que quiero incitar vuestra animadversión. Mientras mi inocencia me incitaba a jugar tranquilamente en los alrededores de una iglesia, me quedaba perpleja cuando a través de un acto litúrgico que me resultaba del todo desconocido presenciaba la hipocresía que se destilaba a raudales a través de las manos y los besos envenenados de seres hipócritas que creían en el Juicio Final como examen de su conducta terrenal. A pesar de que se les enseñara que Dios todo lo veía y en todos sitios moraba, no tenían remordimientos en lapidar todos los sacramentos y mandamientos habidos y por haber. En aquel momento, no era conciente de ello, pero por algún extraño don para descifrar los intrincados senderos en la mentalidad humana me quedaba petrificada hasta aquel instante fugaz que consideraba digno de observación para ulterior disección. Aquel fue mi primer contacto (que yo recuerde) de los extraños pactos no escritos que mantenían a flote esta sociedad infectada hasta el tuétano. Curiosamente, aquellos mismos seres, a los que conocía en sus facetas más polémicas , una vez que atravesaban el umbral del templo volvía a sus cuitas y como si nada hubiera ocurrido regresaban a las miradas de soslayo y a las malevicencias sin fundamento. Unos años más tarde, me cuestioné acerca de si la puerta del templo configuraba algo así como una especie de frontera imaginaria que separaba aquella atmósfera densa y cargada del ambiente enrarecido fruto de las excrecencias espirituales.
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